Construir el futuro desde ahora

IPNUSAC

Las dos semanas trascurridas entre la anterior y esta nueva edición de la Revista Análisis de la Realidad Nacional se caracterizan por la aceleración de la epidemia del COVID-19 en el territorio guatemalteco.
Dicho, usando la terminología gubernamental, de golpe hemos pasado de una fase de contención a otra de diseminación extendida del virus, prácticamente sin escala en la llamada fase de contagio comunitario. El dique de la vigilancia epidemiológica terminó por agrietarse, la corriente lo rebalsó y ahora es prácticamente imposible seguir las rutas de la contaminación porque, dadas las características del virus, éste puede ser portado casi por cualquier persona. Es decir, en donde y con quien menos se espere, ahí puede contraerse.
La llamada fase de mitigación también puede definirse como de “control de daños”. Pero ¿de qué daños hablamos?
Sin duda hay unos daños severos a la economía, cuya profundidad siguen siendo motivo de especulación por parte de los expertos.
Entre esos daños económicos, lo hemos escrito ya en este espacio en edición anterior, destacan los catastróficos efectos sobre las economías familiares de las mayorías trabajadoras, tanto de aquellos que perdieron su empleo dentro de empresas formalizadas como de quienes se auto emplean, viven y obtienen el sustento en la llamada economía informal.
También se incluyen en ese círculo de afectación los productores de la agricultura familiar –dejada en el abandono durante décadas por el Estado– sin cuyo esfuerzo es impensable la alimentación de prácticamente toda la sociedad guatemalteca. Y junto a todos ellos, ese otro gran soporte para la flotación del país: la población migrante, que hoy resiste en las peores condiciones, lejos de sus hogares, los efectos de la pandemia.
Es en esas grandes mayorías trabajadoras, sin duda, donde se producen los principales daños económicos, convertidos ahora en una amenaza real de que se produzca –como se constata ya en las calles, carreteras y viviendas pobladas con las banderas blancas del hambre– una crisis humanitaria de grandes proporciones, nunca vivida por Guatemala en cerca de un siglo.
Más no preocupan únicamente los daños materiales, económicos, o los causados a la salud física de miles de personas. Es hora de ver también hacia los daños morales y espirituales que la actual crisis está provocando ya en miles de familias, personas mayores, personas con discapacidad, mujeres, niñas, niños y adolescentes, bajo el asedio del hambre, la angustia y la violencia, en medio del confinamiento.
Se trata de una dimensión humana que puede dejar secuelas profundas, individual, familiar y socialmente, a la cual debe prestarse atención con la vista puesta ya en el porvenir, que empieza en este minuto.
En efecto, ahora mismo inicia la construcción del futuro. Afirmación que aplica a las medidas de política pública –o de acciones personales, familiares o comunitarias– para encarar y superar la crisis sanitaria, económica y social en curso.
Pero sobre todo valedera para la reconstrucción moral y espiritual de una sociedad inoculada durante largos decenios por los antivalores del individualismo y el utilitarismo a ultranza, emponzoñada por el lucro inescrupuloso y las nada sutiles justificaciones del darwinismo social: en suma, por toda laya de prácticas de corrupción pública y privada que han sumido al país en la postración de un Estado fallido, incapacitado para responder con empatía hacia quienes están en la primera línea de la lucha por la vida frente al nuevo coronavirus.
Como se analiza en otras secciones de esta misma edición, durante la primera quincena de mayo –precisamente cuando se terminó de agrietar el dique de contención de la epidemia– la sociedad guatemalteca fue conmocionada por las noticias relativas al descontento de los trabajadores de la salud por las condiciones en que se encuentran desarrollando su labor. También son conocidas denuncias sobre el acoso de que han sido víctimas algunos de ellos, bajo el insensible supuesto de que son fuente de contagio.
Es precisamente en ámbitos tan concretos como el apuntado donde debe empezarse, ahora mismo, a construir el futuro de otra manera. El porvenir no puede ser auspicioso, si la sociedad y el Estado son renuentes a reconocer con hechos, y no solo con palabras, a quienes están en la avanzada de la lucha por la vida.

1. Acaso algunos abuelos y abuelas guarden en la memoria los relatos de sus mayores, sobre el hambre que asoló campos y poblados de Guatemala durante la gran depresión de finales de la década de los 20 y principios de los 30 del siglo pasado.


 

Editorial edición 184