Fragmentación en el día nacional

IPNUSAC

Las recién pasadas conmemoraciones del llamado día de la independencia nacional y centroamericana, fueron una nueva ocasión para pintar de cuerpo completo la fragmentación que aqueja al país, así como la expresión de las grandes dificultades que han impedido a Guatemala convertirse en una patria verdaderamente construida para todas y todos sus hijos.

Desde quienes –al amparo de los decretos legislativos 19-2018 y 42-2010, relativos a la promoción del turismo interno– hicieron “puente” o “fin de semana largo”, hasta quienes como todos los años son forzados a participar en los rituales conmemorativos (desfiles y similares), pasando por quienes desfogan energías populares en la portación de antorchas con el “fuego patrio”, a todos, estas fechas les dieron espacio para expresarse de un modo u otro, por omisión o de viva voz. Es ahí donde se plasma la fragmentación nacional.

“¡No hay nada que festejar! En un país donde hay pobreza”, “¿Será independencia cuando otros países nos ordenan qué hacer?”, tales fueron algunos de los contenidos de pancartas que niñas de San Andrés Itzapa, Chimaltenango, portaban en la caminata cívica efectuada en ese municipio. Expresión de inconformidad que se hizo patente también en otros lugares, como aquel donde una estudiante de enseñanza media portaba una parodia del escudo nacional en cuyo pergamino se leía: “Corrupción desde septiembre de 1821”, o uno más –en otro municipio– donde se decía: “Empresarios, paguen sus impuestos”.

Estamos ante una forma de conmemoración con protesta social, que tuvo expresiones esporádicas a partir de 2015, pero que en este 2019 se reprodujo de forma generalizada en diversos lugares, amplificando sus mensajes a través de las redes sociales: la inconformidad deja de ser un asunto local para proyectarse regional y nacionalmente, aunque los medios de comunicación tradicionales guarden silencio sobre este inédito fenómeno.

Contrapunteando el descontento social o en afán de atajarlo en el centro simbólico del poder, el gobierno del presidente Jimmy Morales dio un paso más en el camino de su enajenación política y su renuncia a ser expresión de la unidad nacional (como se lo manda la Constitución Política de la República de Guatemala), al ordenar el establecimiento de un cordón policial-militar para impedir el acceso ciudadano a la Plaza de la Constitución en las actividades del 14 y el 15 de septiembre.

Ambas formas de posicionarse frente al aniversario independentista –la protesta social y el uso gobiernista del músculo policial– testimonian la fragmentación de la sociedad guatemalteca, que en diversos ámbitos ha derivado la hacia franca polarización, retrotrayéndonos a un hecho histórico en cuya interpretación y significación gana terreno la certeza de que lo ocurrido el 15 de septiembre de 1821 fue una gesta, un acuerdo, entre las elites económicas y políticas de la época; y para nada tuvo los destellos de un anhelo nacido de la conciencia popular.

Por el contrario, como se recordó constantemente durante estos días conmemorativos, fue un acto político tomado en las alturas del poder, “para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que [la independencia] la proclamase de hecho el mismo pueblo”, según reza el acta redactada hace 198 años por José Cecilio del Valle.

Y puesto que la independencia, entendida como la segregación política-jurídica de la metrópoli colonial española, fue pensada como un acto preventivo frente a la temida acción popular autónoma y para preservar el poder económico, social y político de la elite criolla, nada extraño tiene que hoy, casi doscientos años después, esa decisión elitista resulte básicamente ajena a un pueblo que se reconoce diverso pero al mismo tiempo excluido por los herederos contemporáneos de la “independencia”.

Porque más allá del lirismo patriotero, cada vez más vacío de auténtico sentido nacional, expresiones del descontento social como las que reseñamos recuerdan que aún está por nacer esa patria en la cual quepamos todas y todos, con democracia y oportunidades básicas para vivir con dignidad, para “vivir la vida, y no morirla”, según la sentida frase de Otto René Castillo.


Editorial edición 170