Transformar la crisis en oportunidad

IPNUSAC

Durante el proceso de preparación de esta nueva edición digital de Revista Análisis de la Realidad Nacional, los acontecimientos nacionales y mundiales en torno a la pandemia del Covid-19 alcanzaron un lugar preponderante en las preocupaciones de la opinión pública. En algunas de las secciones de nuestra publicación 180 (Polifonía, Entorno), alcanzamos a reflejar parcialmente ese reenfoque de la atención ciudadana y universitaria.
Entretanto, las autoridades universitarias y nacionales tomaron medidas que, con el propósito de contener la expansión del contagio, han producido un frenazo a la normalidad cotidiana de la sociedad guatemalteca. Las disposiciones gubernamentales han ido escalando, introduciendo cambios –así sea temporales– en los hábitos de vida, de convivencia, de estudio y de trabajo de miles de personas. Uno de esos cambios, a título de ejemplo, es el “teletrabajo”, desde el cual procesamos las fases finales de esta edición que tienen ante sus ojos, apreciables lectores.
Si bien sigue siendo pronto para medir los alcances y las consecuencias de la emergencia, ya ahora es posible insistir sobre los temores de un escenario catastrófico –que por el momento no se ha presentado en Guatemala– en el cual la peor parte la llevarían las poblaciones más vulnerables. Dicho coloquialmente, los fregados de siempre, aquellos que sobreviven en la pobreza y la pobreza extrema, aquellos que no tienen acceso a servicios de salud oportunos y de calidad, aquellos aquejados por el hambre y la desnutrición crónica.
Son precisamente esas condiciones estructurales, mucho muy anteriores a la actual crisis del coronavirus, las que alimentan con plausibilidad los temores de un tal escenario catastrófico y frente a las cuales cabe replantearse la viabilidad histórica, económica, social, política, cultural y espiritual de ese estado de cosas que, una vez más, nos tiene al borde de un precipicio cuya profundidad no podemos imaginar aún.
De poco consuelo puede servir, antes al contrario, tener presente que se trata de una crisis de dimensiones globales. La experiencia internacional sin duda nos será de mucha utilidad, si sabemos obtener de ella las mejores lecciones, pero una de esas enseñanzas es que nadie podrá ayudarnos más allá de lo que podamos o queramos hacer nosotros mismos como sociedad. Y es en este punto donde adquiere sentido el título de estas líneas editoriales: transformar la crisis en una oportunidad, una oportunidad de cambio.
Es verdad que en situaciones comparables ocurridas durante la ya casi bicentenaria historia del Estado guatemalteco (por ejemplo el terremoto del 4 de febrero de 1976, o la guerra interna de 30 años), el país ha podido, como suele decirse, “salir adelante”. Pero ¿a qué costo y bajo qué condiciones?
Precisamente esas son preguntas cruciales para el futuro que ya está tocando a las puertas. Es cierto, en lo inmediato hay que hacer contención, evitar, hasta donde sea posible, los daños humanos, sociales y económicos. Pero ¿y después?
El asunto es que una previsible como necesaria reconstrucción no debería hacerse sobre las mismas bases de injusticia y desigualdad imperantes en la sociedad guatemalteca: ese es el lastre histórico que debemos superar. Los universitarios sancarlistas tenemos una responsabilidad ética y científica frente a ese desafío.

Editorial edición 180