Recuento de la ausencia

IPNUSAC

“Cuando regresemos a la nueva cotidianidad, no todos volverán”. Esas palabras, cargadas de un realismo implacable, fueron escritas en un intercambio de mensajes dentro de un grupo virtual de trabajo, a través de una red social electrónica, a propósito de las esquelas luctuosas hechas circular a nombre del Consejo Superior Universitario de la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Se ha vuelto asunto casi diario leer las breves notas necrológicas, en las cuales se informa del deceso de profesionales, académicos, estudiantes o laborantes de nuestra universidad. Y en los ámbitos mucho más extendidos de decenas de instituciones –especialmente aquellas ocupadas en el cuidado de la salud– ese recuento de la ausencia se multiplica día con día.
Otro tanto ocurre en los espacios familiares, en los círculos de amistades y comunitarios: de un modo o de otro llegan las infaustas noticias sobre quienes perdieron la vida en la todavía desigual batalla contra el virus que causa la enfermedad del COVID-19. Todos empezamos a tener ya la referencia de un amigo, un pariente, un conocido, un condiscípulo o un colega que sucumbió a causa de la pandemia.
Tal es la realidad de una lucha planetaria, que en nuestro país inició hace apenas tres meses con quince días (el 15 de marzo se conoció del primer deceso por esta causa en territorio nacional). Y a esta fecha la contabilidad de la muerte –conforme los reportes oficiales– nos habla ya de casi 800 decesos.
Son 800 personas en cuya biografía, hace menos de cuatro meses, nadie hubiera imaginado que habría de escribirse un fin tan inesperado. Fin de la existencia que las colocó, además, en la condición de ser un número más en la penosa estadística de la letalidad de este mal que, dicho en las palabras de Boaventura de Souza Santos, ejerce su pedagogía con el lenguaje de la muerte.
El virus que provoca la COVID-19, apunta el académico portugués, nos recuerda “la fragilidad de lo humano”, más allá de la arrogancia de quienes –en virtud de sus privilegios de clase– se consideran a salvo. “El brote viral pulveriza el sentido común y evapora la seguridad de un día para el otro. Sabemos que la pandemia no es ciega y tiene objetivos privilegiados, pero aun así crea una conciencia de comunión planetaria, de alguna manera democrática”, apunta De Souza Santos.1
Dar espacio y condiciones para que se desarrolle esa “conciencia de comunión planetaria”, para que emerja “un nuevo sentido común” como el sugerido por el profesor De Souza,2 es precisamente uno de los desafíos que está planteando ahora mismo la terrible pedagogía de la muerte, aparejada a otros retos que la crisis actual supone de cara a una todavía difusa como incierta “nueva normalidad”.
La evaluación realizada por las autoridades sanitarias del país no ofrece perspectivas alentadoras respecto de la finalización del confinamiento. Aún Guatemala, afirman esas autoridades, no llega al pico de los contagios y en el ascenso muchas personas se sumarán a la nómina de las ausencias, al recuento de quienes no volverán a una cotidianidad ya por siempre finalizada.
Desde estas páginas, respetuosos, nos sumamos a las solidarias condolencias ofrecidas a familiares, amigos y compañeros de las y los universitarios que a estas fechas forman parte de las víctimas de la pandemia. No es esta la primera vez en la historia nacional que la USAC conoce el significado de ver partir, prematura y trágicamente, a integrantes de su comunidad estudiantil, laboral y profesional.
Y como en el pasado aún reciente, esas pérdidas dejan una huella de pesadumbre. Pero también dejan enseñanzas de compromiso hacia el porvenir inmediato. Uno de esos compromisos es, precisamente, continuar protegiendo la vida. Sobrevivir es, en la hora actual, casi un mandato ético porque no estamos ante “el fin de la historia” sino en el inicio de una nueva en la que la sociedad deberá ser más solidaria y responsable.
Una sociedad humana que, en palabras de Boaventura de Souza Santos, “asuma una posición más humilde en el planeta en el que habita”, una sociedad humana que sea capaz de “imaginar el planeta como nuestro hogar común y a la naturaleza como nuestra madre original a quien le debemos amor y respeto. No nos pertenece. Le pertenecemos a ella. Cuando superemos esa cuarentena, seremos más libres ante las cuarentenas provocadas por las pandemias”.3

1. De Souza Santos, Boaventura (2020) La cruel pedagogía del virus. Argentina: CLACSO. Pág. 23.
2. Ibídem, pág. 84

3. Ibídem, pág. 85.


 

Editorial edición 187